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Clasicos de Oro: Bob Marley & The Wailers - Catch a Fire

 

Let me get this out of the way first: Up until recently I hated Bob Marley. Before you start protesting my very existence and burning me in effigy: For about a half decade, every party I went to had someone who just had to play Legend. I got soooo tired of hearing the same dozen or so cuts on it that I completely wrote Marley off in the same way I did the Dave Matthews Band (except I will probably never rectify myself into liking DMB-> Fuck Dave and fuck "Jimi Thing"). Anyway, I digress. I went on Youtube the other night when I was pretty tired and typed in "Bob Marley" just to annoy myself. I can't remember which song I played but I really liked it. I was almost ashamed because I spent so long trying to de-osmosis myself of him. Long story made shorter. I like it now. I decided to begin at the beginning (major label wise). "Stir It Up" finally became a song that I really liked. Actually everything that I've heard on this album, I like. I guess once I get burned out by something and then don't listen to it for a half decade, I like it. Which explains why I have probably 100 CDs that I've owned more than once. Which is why I'm perennially broke. Which is why my wife hides the credit card. 

EL REGGAE ENTRA EN COMBUSTIÓN INTERNACIONAL: Bob Marley & The Wailers prenden fuego al tocadiscos con Catch a Fire

Kingston ya no susurra: arde. Y el incendio ha cruzado el Atlántico. Con Catch a Fire, Bob Marley & The Wailers irrumpen en el mercado internacional como una advertencia sonora, no como una moda exótica para turistas con oído distraído. Esto no es ska para bailar despreocupado, ni calipso de postal: es reggae roots en estado de conciencia, con mensaje, con cicatrices, con fe.

La reacción entre los puristas del reggae jamaicano no se ha hecho esperar —y tampoco ha sido unánime. En los patios de Trenchtown y en los sound systems más fieles, algunos miran el disco con recelo: guitarras más definidas, producción más pulida, un sonido que parece haber pasado por Londres antes de volver a casa. ¿Traición o estrategia? ¿Fuego domesticado o llama amplificada? Pero incluso entre los más escépticos hay una certeza incómoda: el mensaje sigue intacto. Marley no canta para agradar, canta para despertar. Las letras siguen hablando de opresión, redención y resistencia espiritual. El pulso sigue siendo africano, rastafari, callejero. Solo que ahora —por primera vez— alguien ha abierto la ventana para que el mundo escuche.

Catch a Fire no pide permiso. Entra como un manifiesto disfrazado de álbum, como si el reggae hubiera decidido ponerse traje internacional sin dejar de caminar descalzo. El fuego está encendido. Y esta vez, nadie podrá fingir que no vio el humo.

CONTEXTO HISTÓRICO:

PARTE I: DE KINGSTON A LONDRES: EL REGGAE ENTRE CONTRATOS ROTOS, DEUDAS Y UNA APUESTA ARRIESGADA

Abril de 1973. Mientras el rock blanco sigue mirándose el ombligo y el soul pule sus trajes, el reggae llega a Londres con los bolsillos vacíos y la cabeza llena de fuego. Catch a Fire no nace en un estudio cómodo ni bajo la bendición de la industria: nace atrapado entre contratos dudosos, promesas incumplidas y pasajes de avión que nadie podía pagar.

The Wailers —todavía The Wailers, sin el apellido Marley convertido en marca— regresaban de una gira británica acompañando a Johnny Nash cuando el panorama se volvió turbio. Habían comenzado a grabar material para JAD Records, pero un contrato en disputa con CBS y el controvertido Danny Sims convirtió la experiencia en una trampa legal. La banda quedó varada en Inglaterra, sin dinero para volver a Jamaica y sin permiso para trabajar libremente. El reggae, por entonces, no pagaba hoteles: pagaba resistencia.

Fue entonces cuando apareció una figura clave, casi de novela industrial: Chris Blackwell, fundador de Island Records. No llegó con discursos mesiánicos, sino con algo más urgente: 4.000 libras esterlinas en efectivo. Un adelanto. Una apuesta. Un “vayan, terminen el disco y luego hablamos”. Con ese dinero, The Wailers compraron pasajes de regreso a Kingston y se refugiaron en casa para completar las grabaciones que darían forma a Catch a Fire.

El álbum tomó cuerpo con nueve canciones, siete firmadas por Bob Marley y dos por Peter Tosh, aunque puertas adentro nadie duda de que el proceso creativo era colectivo, casi tribal. Bunny Wailer no figura en los créditos como compositor, pero su huella espiritual y rítmica está incrustada en cada surco. No era una banda con jerarquías claras: era una comunidad sonora.

Cuando las cintas regresaron a Londres, Blackwell decidió intervenir. En Island Studios se pulieron las grabaciones y se añadieron sobredoblajes de guitarra a cargo de Wayne Perkins, músico de sesión proveniente de Muscle Shoals. Para algunos puristas, una herejía; para otros,el puente necesario para que el reggae cruzara fronteras sin perder el mensaje. El sonido seguía siendo roots, pero ahora tenía filo internacional.

La edición original fue tan audaz como el contenido: Catch a Fire apareció acreditado simplemente a The Wailers, envuelto en una funda con forma de encendedor Zippo, como si el disco advirtiera desde la estantería: esto prende. La tirada fue limitada. Las ediciones posteriores cambiarían la portada por el ahora icónico retrato de Bob Marley fumando un porro, y el nombre del grupo mutaría a Bob Marley and the Wailers, sembrando una confusión de identidad que perseguirá al catálogo durante décadas.

En ese momento, sin embargo, nada de eso estaba claro.
Lo único evidente era que el reggae había sobrevivido a la burocracia, a los contratos rotos y al hambre.
Y que el fuego ya estaba encendido.

PARTE 2: DEL CALOR DE KINGSTON AL FRÍO DE LONDRES: CUANDO EL REGGAE SE SOMETIÓ A PRUEBA DE FUEGO

 Si la primera parte de Catch a Fire fue sobrevivir, la segunda fue definirse. El álbum no se grabó en un solo templo sonoro, sino a pedazos, como la propia historia de Jamaica a comienzos de los setenta: fragmentada, intensa, sin lujo pero con verdad. Entre 1972 y principios de 1973, The Wailers ocuparon Dynamic Sound, Harry J’s y Randy’s Studios en Kingston, trabajando con una cinta de ocho pistas bajo la supervisión del ingeniero Sylvan Morris. Tecnología limitada, ambición ilimitada.

“Algunas canciones ya existían”, diría más tarde Aston “Family Man” Barrett, el bajo que sostenía todo el edificio. “Pero les dimos un ritmo estricto y les sacamos más sentimiento”. No era reconstrucción: era destilación. Temas como Baby We’ve Got a Date traían ecos de sesiones anteriores; otros, como Concrete Jungle, parecían escritos directamente sobre el asfalto caliente de Kingston.

La formación era el corazón del roots: Marley al frente, voz y guitarra acústica; Peter Tosh aportando filo, teclados y carácter; Bunny Wailer sosteniendo la espiritualidad en los coros y bongos. Los hermanos Barrett —Aston y Carlton— construían el pulso. A ellos se sumaban nombres que hoy suenan legendarios: Robbie Shakespeare en el bajo en un par de pistas, Tyrone Downie y Winston Wright en los órganos, Rita Marley y Marcia Griffiths elevando los coros femeninos, Tommy McCook aportando flauta como susurro caribeño entre tanto humo y tensión. Pero el verdadero choque ocurrió cuando las cintas viajaron a Londres. Invierno de 1972. Marley presenta el material a Chris Blackwell y, casi de inmediato, la industria muestra los dientes. CBS y Danny Sims demandan a Island Records. El reggae entra a los tribunales. Island gana el caso, pero el precio es alto: dinero repartido, regalías comprometidas, derechos editoriales en manos ajenas. El éxito, incluso antes de existir, ya estaba hipotecado.

Blackwell, consciente de que el disco debía cruzar fronteras, remezcla el material en los estudios Island de Basing Street. Allí ocurre la herejía que cambiaría la historia: sobregrabaciones. El guitarrista Wayne Perkins, llegado desde Muscle Shoals, deja su marca con solos incendiarios en Concrete Jungle, Stir It Up y Baby We’ve Got a Date. Wah-wah, slide, feedback de tres octavas. Para los puristas, una afrenta. Para el mercado internacional, el gancho perfecto.

Las letras, sin embargo, no se suavizan. Catch a Fire habla de pobreza urbana, de herencias de esclavitud, de injusticia estructural. Slave Driver conecta pasado y presente sin metáforas cómodas. Y aun así, Marley demuestra que la revolución también sabe amar: Stir It Up se cuela como canción romántica, tanto que Johnny Nash la lleva a las listas de éxitos estadounidenses. El reggae, por primera vez, seduce sin pedir perdón.

El álbum se lanza oficialmente el 13 de abril de 1973. En sus primeras semanas vende unas 14.000 copias. No es una explosión comercial, pero sí una señal inequívoca. Las giras por Reino Unido y Estados Unidos hacen el resto. Universidades, clubes, televisión pública británica. El reggae ya no es clandestino. Pero el precio cultural es alto. Bunny Wailer abandona la gira: el marketing, la comida, el choque cultural con el mundo occidental resultan incompatibles con su fe rastafari. Poco después, Peter Tosh también toma distancia. El fuego se ha encendido, pero el núcleo original empieza a resquebrajarse.

Catch a Fire no solo lanzó a Bob Marley al mundo: marcó el momento exacto en que el reggae dejó de ser solo jamaicano para convertirse en un asunto global.

Un disco grabado en la precariedad, pulido en Londres y condenado —para bien o para mal— a no volver jamás al anonimato. El incendio ya no podía apagarse. [*]

El disco frente al oyente:

Catch a Fire es un álbum que cubre muchas expectativas y logra convertirse en una auténtica experiencia religiosa. Con aciertos y pequeños encontronazos emotivos, el disco conecta directamente con el corazón y nos hace vibrar con intensidad. Es un álbum melódico, casi perfecto, con un mensaje profundo. No hay duda: Marley y The Wailers eran profetas de una tierra fantástica, portadores de un mensaje hecho de pura vibra.

Canciones como “Stop That Train” elevan el alma, mientras las armonías alegran el corazón. Aquí el ritmo lo es todo, y eso se siente en cada nota musical. Todo late, todo fluye.

El álbum es clave. Quizás no alcance el estatus mítico de Exodus ni la intensidad de Natty Dread, pero Catch a Fire posee una vibra enorme y un aura poderosa. Temas como “400 Years” o “Concrete Jungle” reafirman esta idea: en ellos se percibe una armonía liberadora. La performance es óptima, el feeling que consigue es radiante, y la química de la banda se aprecia con claridad, invitando a dejarse llevar por las notas.

“Baby We’ve Got a Date (Rock ItBaby)” es ideal para ese viaje cálido que transmite el álbum. Entre coros femeninos, swing y la vibra inconfundible de Marley, la canción te consume por completo. Si a eso se le suma una pizca de felicidad y el humo dulce, el viaje es perfecto. Este no es un álbum para escucharlo de frente: es un disco que pide tiempo, que exige sumergirse desde donde uno esté. “Midnight Ravers” es otro ejemplo de esa magia: intensa, hipnótica, tropical. Ideal para perderse entre el humo azul y el sonido del mar, recostado sobre la arena cálida, con una cerveza bien fría o un vino dulce al polo. Sea cual sea el escenario, el encuentro con este álbum —y con esta canción en particular— garantiza la buena vibra.

Porque eso es Catch a Fire: un disco contestatario, pero también cargado de una energía armónica y vibrante. Es un álbum firme, centrado, con canciones clásicas y una presencia que demuestra cómo el reggae siempre abraza. Te guste o no, es un imprescindible junto a Exodus, Natty Dread y Burnin’. Y si el reggae aún no te convence, escucha “Kinky Reggae”, pero en su Jamaican Version: una excelente puerta de entrada al reggae roots.

“El reggae, desde aquí, ya no volverá a ser el mismo.”

Mini-datos:

  • El Zippo que prendió la atención: La edición original de Catch a Fire fue lanzada con una funda que imitaba un encendedor Zippo real, un diseño tan singular que marcó la identidad visual del álbum en su momento y se convirtió en uno de sus sellos más recordados. La idea era que el disco ya anunciaba su propio fuego antes de sonar —un gesto audaz para 1973.

  • Stir It Up no nació en Catch a Fire: Aunque muchos lo asocian con este álbum, “Stir It Up” fue compuesta por Bob Marley en 1967 y grabada años antes como single. La versión que aparece en Catch a Fire es una reinterpretación más madura del tema; incluso la canción fue un éxito previo para Johnny Nash antes de que los Wailers la llevaran a su propio repertorio.

  • La guitarra rockera que casi no encajaba: El guitarrista estadounidense Wayne Perkins, invitado por Chris Blackwell para las partes de guitarra sobregrabadas en Londres, no “entendía el ritmo reggae al principio”, según anécdotas de quien lo produjo. A pesar de eso, su contribución se volvió icónica en pistas como “Concrete Jungle” y “Stir It Up”, marcando ese filo rock que muchos reconocen inmediatamente.

  • Voces, tablas y cámara… todo en un día: Según algunos registros de sesiones, los vocales principales de la banda se grabaron en un solo día en Kingston durante las sesiones originales —con Marley liderando siete canciones del álbum y Peter Tosh asumiendo dos— lo que subraya la cohesión y la energía que The Wailers tenían en ese momento antes de los retoques de estudio en Londres.
1. Concrete Jungle
2. Slave Driver
3. 400 Years
4. Stop That Train
5. Baby We’ve Got a Date (Rock It Baby)
6. Stir It Up
7. Kinky Reggae
8. No More Trouble
9. Midnight Ravers

CODIGO: @




Nota: [*] Texto tomado de Wikipedia.

Anexo:

King Tubby - Dub From The Roots 

Si Catch a Fire es la llama que anuncia el mensaje al mundo, Dub From The Roots de King Tubby es el humo que queda flotando cuando las palabras ya se han dicho. Donde Marley canta, Tubby invoca. Donde el reggae se vuelve carne, el dub se vuelve espíritu. Este anexo conecta ambos discos como dos fases de un mismo ritual: Catch a Fire enciende la conciencia; Dub From The Roots la disuelve en ecos, silencios y cavernas sonoras. Aquí el ritmo no avanza: levita. El bajo se convierte en mantra, la batería en latido ancestral, y cada corte parece grabado desde una dimensión paralela donde el reggae ya no necesita voz para decirlo todo. Escuchar a King Tubby después de Marley es entrar al cuarto oscuro del templo. El mensaje sigue ahí, pero ahora habla en códigos, reverberaciones y sombras. Es el mismo conjuro, pronunciado de otra forma. Fuego primero. Niebla después. El reggae como ritual completo.



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