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Eric Burdon & War - The Black-Man’s Burdon

 

A great gem im not usually into i wouldnt say generic music but its definetly not something i would usually listen to. and so despite that this really excelled my expectations and i thought it was fantastic. their jamming style is definetly unique and you can tell they put their heart into the music especially with a run time of 1 hour 30 minutes it gives them a lot of time for you to invest into their music which is something i feel they should have done more of as long jam albums are my thing.

I know that some people find this album inconsistent and over-rambling but that's one of the reason why i love it. The more i listen to it, the more i like it because the performances are so fantastic. Burdon's singing is probably at it's strongest here, partuicuarly on 'Paint It Black' which is one of the greatest covers ever! They made it their own! The only reason it doesn't get 5 stars is because of the lyrics which are often totally over the top in a sexual, hippy way (note the talking part in the aforementioned Paint It Black) but everything else is amazing!!

De la calle al estudio: War, Burdon y el mapa de un nuevo sonido

No todos los discos nacen de una idea clara.
Algunos nacen de una fricción.

The Black-Man’s Burdon surge en un momento en el que Eric Burdon ya no encaja en el lugar que lo hizo famoso y War todavía no es plenamente consciente de la fuerza que tiene entre manos. Es 1970. Los Ángeles vibra bajo tensiones raciales, culturales y musicales; la calle hierve, y el rock empieza a comprender que ya no puede seguir hablándose a sí mismo en un solo idioma.

Tras el impacto inicial de Eric Burdon Declares “War”, la alianza se desplaza hacia una segunda entrega más ambiciosa, extensa y, sobre todo, más arriesgada. Aquí no hay intención de repetir una fórmula exitosa. Hay urgencia. Una necesidad casi física de explorar, de estirar las canciones hasta convertirlas en paisajes sonoros, de permitir que el funk, el soul, el jazz y la música latina convivan sin jerarquías ni concesiones.

Burdon —músico blanco, alma errante, espíritu profundamente marcado por la música negra— no lidera el proceso tanto como se disuelve en él. War, banda mestiza y colectiva, comienza a delinear el sonido que pronto la definirá más allá de cualquier nombre agregado. Lo que se registra no es un proyecto diseñado desde el control, sino un encuentro creativo donde nadie tiene del todo el mando.

War, cuando la calle todavía entraba al estudio

The Black-Man’s Burdon es un álbum doble porque el momento lo exige. Hay demasiado que decir y ninguna razón para resumirlo. Las canciones se transforman en suites; los arreglos se expanden; la música deja de ser estructura para convertirse en conversación, ritual y, a veces, confrontación abierta. El disco no busca ordenar ni complacer: documenta un cruce de caminos, un breve tramo compartido antes de la separación inevitable.

Cuando Eric Burdon entra al estudio con War, ya no lo hace como una estrella, sino como alguien que necesita desaparecer dentro del sonido. No hay presentaciones formales ni jerarquías claras: hay miradas, instrumentos afinándose, ritmos que empiezan a circular sin pedir permiso. War toca como si el estudio fuera una extensión de la calle. Burdon entiende —casi de inmediato— que aquí no se viene a dirigir, sino a resistir el vértigo.

A veces los discos no se planean:
ocurren.

Eric Burdon llega a California como llegan los exiliados: con la fama a cuestas y el alma hecha un nudo. Había sido la voz de The Animals, había exprimido el blues británico hasta dejarlo sin aire, pero en Los Ángeles el pasado no paga alquiler. Allí se encuentra con War, una banda que todavía no lo era del todo: un organismo vivo nacido en Long Beach, donde el funk, el jazz, el rock, la música latina, el rhythm and blues, la psicodelia y el reggae convivían como lo hacían sus propios integrantes.

No eran una banda “correcta”.
Eran una banda real.

Multiétnicos, callejeros, imprevisibles. War no sonaba a Inglaterra ni a la radio AM: sonaba a barrio, a tráfico, a noches largas. Burdon no los lideró; se subió a su corriente. De ese choque nació un disco que no se comporta como un álbum tradicional, sino como una crónica sonora de un encuentro tan poderoso como irrepetible.

El título ya advertía que aquí no había neutralidad. The Black-Man’s Burdon retuerce la vieja idea imperial de The White Man’s Burden y la devuelve cargada de ironía y peso histórico. No es solo un nombre: es una herida verbal. Una carga que no se explica, se arrastra.

Las canciones no avanzan en línea recta. Se expanden, se deforman, se permiten respirar. War toma piezas conocidas —“Paint It Black” de los Rolling Stones, “Nights in White Satin” de los Moody Blues— y las transforma en extensas suites, como si dijeran: “esto ya no es de nadie; ahora es nuestro”. Lo que añaden no busca lucimiento individual, sino trance, jam y comunión. El funk se vuelve psicodélico, el soul se estira, y el jazz y lo latino comienzan a marcar el camino que War recorrerá durante toda la década. En medio de ese viaje aparece “P.C. 3”, un poema recitado por Burdon: incómodo, provocador, casi peligroso. “P.C.” no significa corrección política, sino Police Constable. Es autoridad, fricción, palabra lanzada sobre una música que se niega a obedecer. También emergen coros góspel firmados por Sharon Scott y los Beautiful New Born Children of Southern California, como si el álbum necesitara elevarse antes de volver a caer en la calle. Nada aquí suena contenido. Nada suena seguro.

Como señalaría años después Richie Unterberger, el disco es en gran parte una sucesión de jams de funk psicodélico, pero también es el momento exacto en que War empieza a trazar los grooves de jazz, soul y música latina que definirán su identidad futura. Este álbum no es el final de algo: es el mapa. Paradójicamente, también es una despedida.

Tras The Black-Man’s Burdon, Eric Burdon se va. El experimento termina. War continúa solo y, con el tiempo, graba The World Is a Ghetto, el disco más vendido de Billboard en 1973, confirmando que aquel cruce inicial no fue un accidente, sino un punto de partida.

El sencillo “They Can’t Take Away Our Music” queda como declaración final: pueden quitarnos contratos, nombres y estructuras, pero no la música. Ese fue el pacto no escrito.

The Black-Man’s Burdon no es un álbum cómodo ni ordenado. Es excesivo, irregular, a ratos caótico. Pero ahí reside su verdad. Es el sonido de una banda encontrándose a sí misma y de un cantante comprendiendo que, a veces, el lugar más honesto no es liderar, sino escuchar.

Un disco nacido del choque.
Un documento de una época en la que el rock dejó de ser blanco y pulcro…
y empezó a sonar como el mundo real.

 Impresiones Personales: Ritmo, raíz y resistencia

The Black-Man’s Burdon es un banquete sonoro. Un álbum que se ofrece sin mezquindad y que despliega una selección tan amplia como visceral, capaz de moverse con naturalidad del psych funk al blues y al jazz. Nada suena forzado: la música fluye con una performance versátil y dinámica, sostenida por una base instrumental tan rica como intrincada.

Guitarra, bajo, batería, percusión, vientos, bronces y teclados no funcionan como capas superpuestas, sino como un solo cuerpo en movimiento. La banda alcanza clímax altos y prolongados, estableciendo con claridad los patrones de sus raíces negras, no como cita estética, sino como pulso vital que atraviesa todo el álbum.

Eric Burdon confirma aquí lo que ya se intuía desde su encuentro con War: es un músico blanco de espíritu negro. No por imitación ni por pose, sino por sentimiento. Lo que transmite en The Black-Man’s Burdon es auténtico, intenso y profundamente emocional; una entrega que no se aprende, se vive.

El álbum funciona como un caldero en constante ebullición. Explosiones sonoras y compases rítmicos profundos hierven sin control aparente, dejando que la pasión febril de la música negra se cuele entre los surcos y nos arrastre a una vorágine de ritmos intensos, atravesados por una cuota de insana algarabía. De ahí su condición de obra de culto.

En mi opinión, The Black-Man’s Burdon también puede inscribirse dentro del concepto de BPM —Black Power Music—: una música que no solo entretiene, sino que afirma identidad, raíz y resistencia.

Un álbum indispensable.
Una de las grandes obras de la historia del rock.

Mini-datos:

  • Un título cargado de historia y política: El nombre del álbum es un juego de palabras con The Black Man’s Burden, un término tomado del título de un libro de 1920 de E. D. Morel, escrito en respuesta al poema The White Man’s Burden de Rudyard Kipling —un texto que defendía el imperialismo occidental y su legado— subrayando así la carga histórica de la esclavitud y las tensiones raciales que atraviesan el disco.

  • Un objeto promocional que hoy es pieza de colección: Cuando se lanzó originalmente, el álbum venía con un bono-guerra físico (war bond) de 7 × 3 pulgadas que acreditaba al portador un dólar de descuento en la entrada para cualquier concierto de War —una curiosa pieza de merchandising que hoy es objeto de interés entre coleccionistas de vinilos.

  • Una portada que no pasó desapercibida: La portada y el diseño interior del disco eran arriesgados para la época: el frente mostraba la silueta de un hombre negro, mientras que la contraportada y el interior en gatefold presentaban fotos de Burdon y la banda en un campo con mujeres semidesnudas, capturando parte de la estética libre y provocadora de la era psicodélica/funk.

  • Último sencillo antes de la ruptura: El sencillo principal extraído del álbum, “They Can’t Take Away Our Music”, fue el último que lanzó Eric Burdon con War antes de separarse. Alcanzó el puesto #50 en el Hot 100 de EE. UU. y #35 en Canadá en 1971. Más tarde fue versionado por artistas de distintos géneros, incluyendo una versión popular de Donna Summer en 1994.
Disco 1:
01. Paint Black Medley: a] Black On Black In Black b] Paint It Black c] Laurel & Hardy d] Pintelo Negro e] P.C.3 f] Blackbird
02. Spirit
03. Beautiful New Born Child
04. Nights In White Satin [Pt. I]
05. The Bird & The Squirrel
06. Nuts, Seeds & Life
07. Out of Nowhere
08. Nights In White Satin [Pt. II]
 
Disco 2:
01. Sun [Moon]
02. Pretty Colours
03. Gun
04. Jimbo
05. Bare Back Ride
06. Home Cookin'
07. They Can't Take Away Our Music

CODIGO: C-6




Anexo:
Si The Black-Man’s Burdon es el ritual colectivo donde la calle, la sangre y el ritmo invocan una nueva conciencia sonora, A Meal You Can Shake Hands With In The Dark de Pete Brown & His Battered Ornaments opera desde otro plano: la niebla. No hay aquí proclama ni explosión frontal. Hay susurro, palabra cargada, jazz espectral y psicodelia recitada como un hechizo. Ambos discos parecen grabados bajo la misma luna, pero en distintos círculos del ritual: Burdon y War levantan el trance con groove y fuego; Pete Brown responde desde la sombra, dejando que la poesía y la improvisación funcionen como símbolos ocultos. Comparten un mismo conjuro sonoro: romper la canción, disolver el ego, permitir que la música piense y hable por sí sola. No se escuchan: se atraviesan. Dos obras que no buscan claridad, sino transformación. Dos rituales distintos para un mismo misterio.



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