TRANSLATE

Clásico de Oro: Pink Floyd - Meddle

 

...do I like this? I don't know if I like this. In fact, I don't even know what it is supposed to be. The Opener is a good instrumental, then we have 4 late-stage Beatles x Bluegrass Country songs? and the B Side is just a singular long composition that halfway through sounds like monkeys screaming in a jungle - underwater. This is very incoherent and messy. It's certainly a showcase of what was technically cutting edge in 71. But no one listening to this album could've ever thought that they were about to go on a long streak of absolute glory.

Heck, if only someone could've took that doggy in Seamus for a walk, this album could be called as "the trip of the century". Period. But still it remains amazing from the legendary One of these days until the last and neverending Echoes.

Prologo: 
Antes del prisma.
Antes del eclipse.
Antes de que el mundo aprendiera a respirar al ritmo de un latido cuadrafónico…Hubo un sonido en la oscuridad.
En 1971, Pink Floyd no tenía un concepto.
No tenía un mapa.
No tenía siquiera canciones terminadas.
Tenía dudas….

Meddle: El Disco que Contenía el Futuro

En 1971, mientras el eco orquestal de Atom Heart Mother todavía resonaba en teatros europeos, Pink Floyd ya caminaba con una inquietud en el pecho. El éxito no era suficiente. La grandilocuencia sinfónica había sido un experimento audaz, sí, pero no una identidad definitiva. Había algo más allá de los metales, más allá de las suites divididas en movimientos: un territorio sonoro que todavía no tenía nombre.

Meddle fue grabado durante aquella gira extensa y exigente, casi como un cuaderno de bitácora paralelo. Entre escenarios y camerinos, la banda comenzó a preguntarse quiénes eran realmente cuando se apagaban las luces del espectáculo. No buscaban repetir fórmulas. Buscaban un lenguaje propio. Una arquitectura emocional que no dependiera de arreglos externos, sino de la química interna entre ellos.

La gestación del álbum no fue inmediata, ni lineal. Fue un proceso fragmentado, hecho de improvisaciones largas, accidentes felices y horas de estudio en Abbey Road Studios, donde el sonido empezó a moldearse como arcilla húmeda. No había un concepto cerrado, pero sí una certeza compartida: necesitaban un cambio radical. Un giro que los sacara de la psicodelia errante y los acercara a algo más profundo, más orgánico, más suyo.

Así nació Meddle: no como una declaración ruidosa, sino como una búsqueda paciente. Un disco que no impone, sino que descubre. Que no grita, sino que escucha. Y en ese acto de escucha, la banda encontró por primera vez el pulso que definiría su futuro.

Las noches de los Nothings

Regresaron agotados, pero no satisfechos. La gira de Atom Heart Mother por Estados Unidos y el Reino Unido había sido extensa, intensa, casi ceremonial. Sin embargo, al volver a Londres a comienzos de 1971, había una sensación difícil de nombrar: el espectáculo era grandioso, sí… pero el alma todavía estaba en búsqueda.

En los pasillos de Abbey Road Studios, el silencio tenía otro peso. Era la primera vez desde A Saucerful of Secrets que la banda decidía componer directamente en el estudio. No traían canciones cerradas. Traían preguntas.

Las grabadoras de ocho pistas parecían insuficientes para lo que tenían en mente. Demasiado estrechas para un grupo que empezaba a pensar en capas, en texturas, en espacios sonoros que respiraran. Así que trasladaron las mejores piezas —entre ellas el germen inicial de lo que sería Echoes— a cintas de dieciséis pistas en estudios más pequeños de Londres, como AIR y Morgan, en West Hampstead. Allí el sonido tenía más libertad para expandirse, para mutar.

Las sesiones no eran convencionales. Comenzaban por la tarde y se extendían hasta la madrugada. El ingeniero John Leckie, curtido tras trabajar en All Things Must Pass de George Harrison y en Sentimental Journey de Ringo Starr, estaba acostumbrado a jornadas largas, pero aquello era otra cosa. No había presión visible de la discográfica. Solo el mánager apareciendo de vez en cuando con un par de botellas de vino y algo de humo para alargar la noche.

Improvisaban. Probaban estructuras absurdas. Se imponían reglas arbitrarias: “los primeros dos minutos románticos, los siguientes dos subimos el tempo”. Grababan todo. Lo etiquetaban. Y nada terminaba de convertirse en canción. A esas piezas inacabadas las llamaron, con ironía resignada, “Nothings”. Semanas de trabajo y todavía ninguna forma definitiva.

En algún punto, los “Nothings” mutaron en “Son of Nothings”. Y luego en “Return of the Son of Nothings”. Algo empezaba a tomar cuerpo.

Fue entonces cuando Richard Wright dejó caer una sola nota en el piano, conectada a un altavoz Leslie. El sonido rebotó como el sonar de un submarino perdido en la oscuridad: un “ping” que parecía venir desde el fondo del océano. Intentaron recrearlo después, pero nunca volvió a sonar igual. Decidieron conservar la demo original. Ese latido submarino sería el corazón de “Echoes”.

Con la guitarra de David Gilmour extendiéndose como luz en aguas profundas, la pieza comenzó a crecer por capas. Accidentes felices —como el chirrido invertido de una guitarra conectándose al pedal wah-wah— se transformaron en texturas deliberadas. A diferencia de la rigidez orquestal del pasado, ahora el estudio multipista les permitía construir por etapas, como arquitectos del sonido. La canción terminó ocupando toda la cara B del disco: veintitrés minutos de evolución paciente.

En paralelo, One of These Days nació alrededor de una línea de bajo obsesiva ideada por Roger Waters. Él y Gilmour la tocaron con dos bajos eléctricos, uno con las cuerdas gastadas, buscando un tono más crudo. Nick Mason grabó su amenaza —“One of these days I’m going to cut you into little pieces”— a doble velocidad y en falsete, para luego ralentizarla. Era la única vez que su voz ocuparía el frente en el catálogo del grupo. Un gesto mínimo, pero inquietante.

El disco se grabó entre viajes, conciertos y compromisos inevitables. Abril los vio entrar y salir del estudio; mayo se dividió entre Abbey Road y escenarios británicos; junio y julio fueron europeos; agosto los llevó al este y hasta Australia; septiembre los devolvió al continente; octubre y noviembre los lanzaron a Estados Unidos. En medio de todo eso publicaron "Relics", como si el pasado necesitara ordenarse mientras el futuro se gestaba.

Meddle no fue una creación lineal. Fue una criatura ensamblada entre aeropuertos y madrugadas, entre cintas magnetofónicas y dudas creativas. No tenía un concepto central declarado, pero sí una intuición poderosa: el sonido debía ser más interno, más expansivo, más propio.

Cuando finalmente terminaron, no habían compuesto simplemente un nuevo álbum. Habían encontrado un pulso. Y ese pulso, grave y distante como un sonar en la oscuridad, marcaría el rumbo de todo lo que vendría después.

El Latido en Dieciséis Pistas

Si Meddle había nacido como una búsqueda, su desarrollo terminó revelándose como una escucha atenta. A pesar de que sus pistas parecían venir de lugares distintos, el álbum respiraba con una cohesión que no había estado presente en Atom Heart Mother. No porque existiera un concepto cerrado, sino porque por primera vez la banda dejó de empujar el sonido hacia afuera y permitió que éste se ordenara desde adentro, como una marea que encuentra su ritmo natural.

“One of These Days” abre el disco con un zarpazo eléctrico. Dos bajos, tocados al unísono por Waters y Gilmour, giran en círculos obsesivos, ásperos, casi mecánicos. Es una amenaza sin rostro, una energía contenida que no necesita estallar del todo. Cuando la voz de Nick Mason aparece —acelerada, distorsionada, luego ralentizada hasta volverse espectral— no parece humana, sino una advertencia emitida por la propia máquina del estudio. Y justo cuando la tensión alcanza su punto máximo, el viento entra en escena.

“A Pillow of Winds” no irrumpe: se desliza. La transición entre ambas piezas es tan suave que parece accidental, aunque no lo sea. El efecto sonoro del viento actúa como un umbral invisible. La música se vuelve acústica, íntima, casi doméstica. Es una de las raras canciones de amor del catálogo de Pink Floyd, y quizá por eso mismo resulta tan frágil. Años más tarde perfeccionarían esa técnica de encadenar climas y emociones en Wish You Were Here, pero aquí ya estaba la semilla: no cortar, sino fluir. El título nació lejos del estudio, durante partidas de mah-jong en vacaciones compartidas por Waters y Mason con sus esposas en el sur de Francia. No era una anécdota menor: era la vida real infiltrándose en la música.

“Fearless” avanza con paso firme y una calma extraña. El término, tomado del argot futbolístico, sugiere valentía cotidiana, resistencia silenciosa. Hacia el final, el estadio irrumpe: los seguidores del Liverpool F.C. cantando “You’ll Never Walk Alone”, grabados a pie de campo, sin épica artificial. El canto no se impone; se aleja lentamente, envuelto en reverb, hasta desaparecer. No hay un cierre rotundo, solo una retirada digna, como si la canción entendiera que la verdadera fuerza no siempre necesita aplausos.

Luego aparece “San Tropez”, ligera, casi soleada. Waters compone con un tempo shuffle, con guiños al jazz, dejando que el disco respire por un instante distinto. Es un recuerdo del viaje de 1970 al sur de Francia, una postal musical donde la banda se permite bajar la guardia y sonreír. Y enseguida, como recordatorio de que el humor también forma parte del experimento, llega “Seamus”. Un pseudo blues desarmado, con el perro de Steve Marriott —al cuidado de Gilmour— aullando como cantante involuntario. Durante años sería señalada como una de las piezas más débiles del grupo, pero en su rareza hay una honestidad difícil de negar: Pink Floyd todavía jugaba, todavía probaba sin miedo al ridículo. Más adelante, en Animals, los sonidos animales volverían transformados en metáfora feroz. Aquí aún eran instinto y broma.

Y entonces llega “Echoes”. No como canción final, sino como territorio completo. Veintitrés minutos que no cierran el disco: lo explican. Interpretada por primera vez en Norwich en abril de 1971 bajo el nombre “Return of the Son of Nothing”, fue trabajada durante casi seis meses en tres estudios distintos —Morgan, AIR y Abbey Road— hasta encontrar su forma definitiva. El “ping” inicial de Richard Wright, surgido casi por accidente y conservado por su carácter irrepetible, actúa como llamada primitiva. No es una melodía; es un sonar. Una señal enviada desde la profundidad, esperando respuesta.

Grabada casi por completo en los estudios AIR y finalizada en julio, “Echoes” creció por capas, por secciones que se expandían y se contraían. El estudio multipista dejó de ser un simple espacio de registro para convertirse en un instrumento más. Guitarras invertidas, efectos tratados, silencios largos donde el sonido parece disolverse antes de recomponerse. En su núcleo hay un pasaje inquietante, casi deshumanizado, donde la música se vuelve paisaje submarino, maquinaria orgánica, deriva pura. No es psicodelia decorativa: es exploración consciente.

Parte del material generado durante aquellas sesiones no encontró lugar en Meddle, pero no se perdió. Una de esas ideas mutaría más tarde en “Brain Damage”, dentro de The Dark Side of the Moon. El laboratorio seguía activo. Nada se descartaba del todo; todo esperaba su momento.

El propio título del disco es una declaración velada. Meddle juega fonéticamente entre “medalla” e “interferir”. No se trataba de recibir honores, sino de alterar la señal, incluso la propia. La portada acompañó esa idea de manera imperfecta. Storm Thorgerson propuso inicialmente una imagen provocadora que la banda rechazó desde Japón, en plena gira. Prefirieron algo más abstracto: una oreja bajo el agua, fotografiada por Bob Dowling, captando ondas invisibles en la superficie. Ni Thorgerson ni Aubrey Powell quedaron satisfechos; sentían que no hacía justicia al disco. Tal vez tenían razón. O tal vez esa incomodidad era parte del mensaje: Meddle no buscaba una imagen definitiva, sino una escucha distinta.

Epilogo:
Al terminar las sesiones, Pink Floyd no celebró una obra maestra. No hubo fanfarrias ni sensación de conquista definitiva. Hubo silencio. Hubo cansancio. Y, sobre todo, hubo una certeza nueva: habían aprendido a escucharse sin ornamentos, sin orquestas prestadas, sin máscaras psicodélicas. Meddle no fue la cima; fue la brújula. En esas dieciséis pistas encontraron un pulso común, una forma de construir desde la sombra hacia la luz. El sonar ya había sido enviado. La señal estaba en marcha. Y en algún punto del horizonte, todavía invisible pero inevitable, un prisma empezaba a girar lentamente, esperando el impacto de un rayo que cambiaría la historia del rock para siempre.

 Impresiones personales: El Verdadero Nacimiento del Sonido Floyd

Quienes regresan a este álbum sabrán captar toda la vibra que Meddle guarda en sus surcos. Aquí encontramos experimentación, cambios de tiempo, arreglos elaborados, sobriedad, lucidez, artilugios sonoros, nuevos conceptos y ese swing tan floydiano que terminará de consolidarse en The Dark Side of the Moon. La experiencia es intensa, pero también profundamente enriquecedora.

Uno se eleva con la mítica “Echoes” y se pierde en lo profundo cuando la pieza, poco a poco, nos conduce hacia lo más remoto del cosmos. Desde ese primer pulso que resuena como un faro submarino, la canción se abre paso entre atmósferas, diálogos instrumentales y silencios que pesan. Es ahí donde se capta la esencia de la banda: Pink Floyd quiere romper el lazo con el pasado, alejarse de las vacas de Atom Heart Mother y salir de los cuadrantes más próximos al corazón del sol. Y aun así, el espíritu se resiste a soltarlos. “Echoes” tiene algo de despedida y de renacimiento al mismo tiempo: no es una pieza formal, es experimentación, es caos organizado, son efluvios astrales que buscan forma sin perder el misterio.

Por otro lado, emergen momentos más terrenales y cálidos. Piezas como la etérea “A Pillow of Winds” o la encantadora “San Tropez” aportan una calma luminosa, menos densas en experimentación, pero con el germen creativo aún latente. El álbum tiene de todo: desde el blues psicodélico y juguetón de “Seamus” hasta el heavy prog amenazante de “One of These Days”. Y ahí radica su valor: en su maquinaria exquisita y en su carácter ecléctico, capaz de transitar entre la penumbra cósmica y la calidez humana sin perder coherencia.

Este álbum, para mí, no pertenece al culto: lo trasciende. No estamos ante un simple capítulo intermedio, sino ante el instante exacto en que Pink Floyd se reconoce a sí mismo. Meddle no anticipa el futuro; lo contiene. Es el disco donde la banda deja de orbitar su pasado y empieza a caminar con identidad propia. Y entre canción y canción nos susurra algo que ya no admite dudas: hemos dado un paso. Seguimos más vivos que nunca.

Y quizá por eso, cada vez que la aguja vuelve a caer sobre estos surcos, no escuchamos solo un disco: presenciamos un nacimiento. El momento exacto en que una banda decide dejar de buscarse para empezar a encontrarse. Meddle no grita su importancia; la susurra con paciencia cósmica, como quien sabe que el tiempo siempre termina dándole la razón.

Porque antes de los eclipses monumentales y los muros conceptuales, hubo un pulso en la oscuridad marcando el camino. 

Y todavía resuena.
Hasta más vernos.

Mini-datos:

  • Un sonido fortuito que dio origen a “Echoes”: Durante las sesiones de grabación, la icónica introducción de “Echoes” —ese “ping” submarino que abre y cierra la pieza— surgió por accidente cuando Richard Wright tocó una nota en un piano de cola que fue amplificada a través de un altavoz Leslie. La banda no logró recrear esa sensación exacta en el estudio, así que decidieron usar aquella primera grabación como base de la composición.

  • Grabación colectivo-experimental sin canciones previas: Al comenzar Meddle, Pink Floyd no tenía material terminado ni una dirección definida para el álbum. Pasaron gran parte de enero de 1971 en estudio improvisando y explorando ideas sueltas, a las que llamaron “Nothings”. Con el tiempo, esas experimentaciones dieron lugar a títulos de trabajo como Son of Nothing y Return of the Son of Nothing, ideas que finalmente evolucionaron en “Echoes”.

  • Un blues con aullidos reales: La canción “Seamus”, a diferencia de los demás temas, es un blues juguetón en estilo country. El título proviene del nombre del Border Collie de Steve Marriott, amigo de la banda, cuyo aullido aparece en la grabación y se convirtió en parte del carácter único de la pista.

  • Primera vez que la banda trabajó unida en el estudio en años: Meddle marcó la primera ocasión desde A Saucerful of Secrets (1968) en que Pink Floyd trabajó de forma colaborativa en estudio como grupo, en lugar de aportar cada miembro partes individuales o grabar material en vivo. Este enfoque fue fundamental para dar cohesión al álbum y sentar las bases del enfoque creativo que definió sus trabajos posteriores.

01. One Of These Days
02. A Pillow Of Winds
03. Fearless.
04.San Tropez
05. Seamus
06. Echoes

CODIGO: @




Anexo:

Pink Floyd - A Saucerful of Secrets 

Antes de que Meddle encontrara el equilibrio entre atmósfera, estructura y exploración sonora, Pink Floyd atravesó una etapa de transición intensa y casi fracturada. A Saucerful of Secrets captura a la banda en pleno proceso de mutación: salidas psicodélicas heredadas de la era Barrett, pasajes instrumentales expansivos y una búsqueda todavía inestable, pero profundamente audaz. Es el laboratorio abierto, el terreno incierto donde la identidad comienza a reconfigurarse. En Meddle, esa experimentación encuentra dirección. La suite extensa ya no es caos controlado, sino narrativa fluida. La atmósfera deja de ser accidente y se convierte en arquitectura. En 1968, la banda exploraba. En 1971, comenzaba a dominar el espacio. Escuchar A Saucerful of Secrets después de Meddle es retroceder al momento exacto en que el sonido floydiano aún estaba formándose, cuando la neblina psicodélica empezaba a transformarse en horizonte progresivo. 


Comentarios