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Orang-Utan - Same

 

Once again a very forgotten psychedelic rock classic from the early 70's. Orang-Utan is very unknown in these days and they weren't famous back then either. Actually the story of the band is rather sad because their manager screwed them over and this album was released without band knowing about it. The name of the band wasn't even Orang-Utan because their real name was Hunter. Despite the sad history of this band this is a great album. Many nice standouts in here like for example "Slipping Away", "Chocolate Piano", "If You Leave Me" and perhaps my favourite song "Fly Me High". Rest of the songs are great too. This album has only eight songs so there aren't any fillers. This record is one tight package full of awesome hard and bluesy psychedelia numbers with some very fine guitarwork. Definitely an enjoyable record.

Orang-Utan: Sonido Salvaje desde un Contrato Turbio

Hay discos que nacen… y hay discos que son prácticamente invocados en una sesión clandestina entre humo, cables mal conectados y contratos turbios firmados a la sombra. Orang-Utan (1970) pertenece a esa segunda categoría: y esta es su historia.

A finales de los sesenta, mientras Londres aún vibraba con los ecos de la psicodelia y el blues eléctrico mutaba en algo más denso, más sudoroso, más “peligroso”, una banda joven —entonces conocida como Hunter— afilaba sus instrumentos en los márgenes. No eran niños jugando a ser estrellas: eran tipos de 19 o 20 años metiendo las manos en el barro del blues, sacando riffs como si fueran restos fósiles de algo primitivo. Algo que todavía no tenía nombre, pero que hoy podríamos llamar proto-stoner, proto-metal, hard rock pesado… o directamente dinamita en vinilo.

Lo curioso —y aquí empieza la vibra fanzine conspiranoica— es que Orang-Utan no fue lanzado como una obra celebrada por sus creadores… sino casi como un robo elegante. El disco apareció en Estados Unidos bajo el sello Bell Records sin que la banda tuviera idea. Sí, así como suena: grabaron, alguien se llevó las cintas, cambió el nombre del grupo en secreto, firmó como productor… y ¡boom!, el álbum ya estaba en circulación al otro lado del océano. Mientras tanto, los músicos seguían en Londres, probablemente pensando en el siguiente ensayo, sin saber que su criatura ya caminaba sola…. Y sin embargo, lo que dejaron grabado en esas sesiones de 16 pistas no fue un accidente menor. Fue un manifiesto involuntario: guitarras gemelas que se entrelazan como serpientes eléctricas, riffs con lodo hasta las rodillas, una base rítmica que no pide permiso.

Aqui encontramo los ecos de Cream, la contundencia embrionaria de Black Sabbath, “el músculo nervioso” de Led Zeppelin y ese fuego psicodélico controlado de The Jimi Hendrix Experience… pero Orang-Utan no imita: mastica todo eso y lo escupe más crudo, mas acido, mas pesado.

Detrás del micrófono, Terry “Nobby” Clarke —un tipo que cantaba con un solo pulmón, como si el otro se lo hubiera dejado en alguna guerra invisible— le da al disco un filo humano, casi trágico. Y en la trastienda, compositores como Jeff Seopardie moldean una maquinaria que suena más grande de lo que debería, considerando lo precario de todo el asunto.

Este no es un disco psicodélico en el sentido de flores y colores. Es psicodelia de sótano húmedo, de cables pelados, de noches largas donde el blues se vuelve pesado y empieza a mutar en otra cosa. Algo que años después otros llamarían stoner rock… pero que aquí todavía está en estado salvaje, sin domesticar.

Orang-Utan no solo es un álbum: es un documento fantasma, una anomalía en la historia del rock. Un disco que fue lanzado sin permiso, sin control, sin destino claro… y que aun así dejó una huella subterránea, como una grieta que sigue creciendo con el tiempo.

Impresiones Personales: Proto-Stoner desde el Fango

Pesado. Contundente. Ácido. Como si alguien hubiese metido el blues en una prensa hidráulica y lo hubiera dejado chorreando electricidad. Orang-Utan no viene a pedir permiso: entra pateando la puerta con una manufactura instrumental sólida, musculosa… pero —porque siempre hay un “pero” en este circo— arrastra dos grietas que le restan algo de peso al viaje.

Primero: la fórmula. Funciona, sí. Golpea, también. Pero no reinventa el juego —es otra banda caminando por el mismo pantano sónico—. Segundo: la portada… que no hace justicia al monstruo que vive dentro.Pero aquí viene el giro: Orang-Utan no se ahoga en sus propios límites. Nada de eso. La banda se revuelca en el barro, se adapta, muerde de vuelta. Hay algo casi instintivo en cómo empujan contra la corriente. La ejecución instrumental entra como salvavidas oxidado y equilibra el desastre. Lo que parecía flaqueza se vuelve textura.

El sonido es fiero. Riffs filudos como navajas mal afiladas. Cambios de tiempo que te sacan del eje. Psicodelia espesa, no de colores brillantes, sino de humo denso y luces bajas. Esto es rock & blues mutando, con brochazos lisérgicos y guitarras proto-metal que se enredan con bajo y batería como si conspiraran en un sótano húmedo… Y funciona. Porque al final, el disco no busca perfección… busca impacto. Y lo consigue. Hay fuerza, hay energía, hay ese ácido delicioso que aparece cuando el blues se contamina con distorsión y sudor. Se siente una sombra de Cream por ahí, y una vibración proto-doom que huele a Black Sabbath antes de que todo explotara del todo.

Temas como "Country Hike" o "Chocolate Piano" no piden atención: la exigen. Ahí es donde la banda demuestra que sabe jugar sus cartas. Saben que no son dioses… pero golpean como si quisieran serlo. Y en ese intento hay algo hermoso: suenan como truenos cayendo sin aviso. Este no es un álbum que pase de largo. Te agarra o te escupe, pero no te deja igual. Porque, aunque bebe de una fórmula ya gastada, Orang-Utan encuentra la grieta por donde meter su propia voz. Y ahí está la magia: personalidad. Cruda, imperfecta, pero real. Basta poner "Fly Me High" para entenderlo —esto no es nostalgia, esto es dinamita mal embalada.

¿Obra de culto? Sin dudarlo.

De esas que no llegan al altar principal, pero se quedan viviendo en las sombras… creciendo, respirando, infectando oídos con el tiempo. Tiene historia, tiene mugre, tiene futuro. Así que no lo pienses mucho: sube el volumen, deja que los riffs te atraviesen el pecho y déjate caer en este blues ultra pesado con aroma a proto-metal. Porque aquí no se escucha música…se sobrevive a ella.

Mini-datos:

  • Publicado sin el consentimiento de la banda El álbum fue lanzado en Estados Unidos sin que los propios músicos lo supieran. Las cintas fueron llevadas por su entorno de producción y editadas bajo el nombre Orang-Utan sin autorización del grupo, que en ese momento aún se hacía llamar Hunter.

  • Un disco huérfano de regalías: A pesar de múltiples reediciones a lo largo de los años, los integrantes nunca recibieron compensación económica por el álbum. Este hecho lo convierte en uno de los casos más notorios de explotación dentro del underground setentero.

  • Una banda fantasma de vida fugaz: Orang-Utan fue prácticamente un proyecto efímero: músicos de apenas 19–20 años, provenientes de otras bandas en disolución, que grabaron un único álbum antes de desaparecer sin consolidar una carrera formal.

  • Un vocalista con una sola pulmón: El cantante Terry “Nobby” Clarke grabó el álbum con una condición física inusual: solo tenía un pulmón funcional. Este detalle añade una capa inesperada a la intensidad vocal del disco.
01.I Can see Inside Your Head
02.Slipping Away
03.Love Queen
04.Chocolate Piano
05.If You Leave
06.Fly Me High
07.Country Hike
08.Magic Playground

CODIGO: G-41



Anexo:

Leaf Hound - Growers Of Mushroom 

Si Orang-Utan suena como una sesión clandestina a punto de desbordarse, Growers of Mushroom es la explosión definitiva de ese mismo espíritu sin control. Con Leaf Hound, el hard rock se vuelve más pesado, más sucio y más directo: riffs densos, una base rítmica aplastante y una sensación constante de urgencia que no da respiro. Orang-Utan tantea el caos. Leaf Hound lo abraza sin mirar atrás. Si el primer golpe te dejó con ganas de más distorsión y crudeza, este es el siguiente paso lógico: un descenso más profundo hacia el lado más salvaje del rock de principios de los setenta





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