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Sly & The Family Stone - There's A Riot Goin' On

 

Every time I hear There’s a Riot Goin’ On it’s just like the first time I’ve heard it. I’ll never forget the first time I did hear this album. I was floored. Literally. I was just lying there on the floor basking in all its deranged awesomeness. “Is that yodeling on an R&B album? What is goin’ on?” It was the first record by Sly & the Family Stone I had encountered. A total mystery purchase done to kill an hour’s lunchbreak. I couldn’t even tell you what motivated me to check out Sly’s stuff. I certainly wasn’t getting any external push. But I was so eager to get home a put this on the ol’ hi-fi. By the time I was done listening to it I didn’t know what to do with myself. I was just lying there. I certainly couldn’t just throw on another LP. That just didn’t seem the right thing to do. What was I supposed to do? Make a sandwich? Dude, my mind had just been blown.

"Al principio lo odié por su debilidad y su falta de energía, y aún me disgustan estas cualidades. Pero luego comencé a respetar la honestidad del álbum". Vince Aletti

"Lo que se expresa es el pesimismo más amargo del gueto", respaldado por "técnicas de producción sutiles y composiciones de canciones discordante. Es uno de esos raros álbumes cuyo conjunto realmente supera la suma de sus partes" Robert Christgau

PROLOGO
…no se trata de bailar al ritmo de la música, en las calles. Se trata de desintegración, de drogarse, de cabecear, tal vez de morir. Hay destellos de euforia, risa irónica, incluso algunos tramos brillantes, pero sobre todo es muerte de yonqui, extrañamente no opresiva y casi atractiva en su naturalidad.

THERE’S A RIOT GOIN’ ON: EL DOCUMENTO DE UNA GENERACIÓN ROTA

La cima del éxito no trajo gloria… trajo destrucción. Mientras el nombre de Sly Stone brillaba en lo más alto de las listas, detrás del escenario se gestaba una caída tan lenta como inevitable: tensiones internas, luchas de poder y un espiral de excesos que empezaba a devorarlo todo.

Los conflictos estallaban dentro de la banda, las exigencias de la industria apretaban el cuello y nuevas influencias —políticas, personales, peligrosas— comenzaban a reescribir el destino del grupo. Pero lo peor aún estaba por venir…

Instalado en Los Ángeles, el sueño psicodélico se transformó en pesadilla química: cocaína, PCP y noches interminables marcaron el pulso de una banda que ya no vivía para la música… sino para sobrevivir a sí misma. Grabaciones detenidas, conciertos cancelados, apariciones erráticas y un líder cada vez más impredecible.

Entre guardaespaldas de dudosa reputación, decisiones cuestionables y una fractura interna que ya no podía ocultarse, la caída era inminente. Lo que alguna vez fue revolución musical… comenzaba a convertirse en crónica roja… Y en medio de ese derrumbe, una pregunta flotaba en el aire: ¿hasta dónde puede resistir un ídolo antes de consumirse por completo?

CAPAS DE RUIDO, CAPAS DE MENTE: EL CAOS EN CABINA

En 1971, cuando muchos pensaban que el silencio de Sly and the Family Stone era señal de agotamiento… ocurrió lo inesperado.

Un nuevo sencillo irrumpió en las radios como un mensaje cifrado desde el encierro: “Family Affair”. Contra todo pronóstico, la canción alcanzó el puesto número uno del Billboard Hot 100, anunciando el inminente regreso de una banda que ya no parecía la misma.

Pero lo que vino después no fue un regreso triunfal.
Fue otra cosa. Algo más denso. Más inquietante.

El álbum There’s a Riot Goin’ On no sonaba a celebración… sonaba a resaca emocional. Atrás quedaban los días de soul luminoso y espíritu colectivo. En su lugar emergía un blues urbano enfermo, arrastrado, con cajas de ritmo filtradas, instrumentación opaca y voces que parecían grabadas desde el fondo de una habitación cerrada.

Fuentes cercanas describen las sesiones como caóticas. Cintas reutilizadas una y otra vez. Capas de sonido que se superponen hasta generar un ruido casi fantasmal. Un proceso obsesivo liderado por Sly Stone, quien —según reportes— habría grabado gran parte del álbum prácticamente solo, recluyendo a su propia banda a participaciones puntuales.

Algunos nombres aparecen en el expediente: Billy Preston, Ike Turner y Bobby Womack, convocados como refuerzos en medio de un proceso que ya mostraba signos de fractura interna. Aun así, el sistema respondió. Temas como “(You Caught Me) Smilin’” y “Runnin’ Away” lograron posicionarse, como si el público —sin entender del todo— percibiera que algo importante estaba ocurriendo bajo la superficie. Pero tras el lanzamiento del álbum… la situación dentro del grupo comenzó a deteriorarse de forma alarmante.

A inicios de 1972, las tensiones económicas salieron a flote. Cuestionamientos internos sobre las ganancias llevaron a Sly Stone a tomar decisiones que encendieron aún más el conflicto, incluyendo la incorporación del saxofonista Pat Rizzo como posible reemplazo dentro de la formación. La calma fue breve.

Lo que siguió fue un episodio digno de crónica policial: Una confrontación violenta entre los entornos de Sly y Larry Graham, marcada por rumores de conspiración, agresiones físicas y una fuga desesperada por la ventana de un hotel.

Testigos aseguran que la situación escaló a niveles insostenibles.

El resultado fue inmediato: Graham abandonó la banda sin retorno, cerrando uno de los capítulos más fundamentales del sonido de Family Stone.

El reemplazo llegó primero de la mano de Bobby Womack y posteriormente con Rustee Allen, un joven de apenas diecinueve años. Pero para entonces, la pregunta ya flotaba en el aire como humo espeso: ¿seguía siendo esto una banda… o solo los restos de algo que alguna vez lo fue?

EL IMPERIO FUNK EMPIEZA A FRACTURARSE

Tras conquistar el mundo con Stand! en 1969 y consagrarse ante multitudes en Woodstock, todo indicaba que Sly and the Family Stone estaban destinados a dominar la nueva década. Pero en lugar de un nuevo capítulo… llegó el silencio… Un silencio incómodo. Prolongado. Sospechoso.

La disquera Epic Records esperaba material nuevo en 1970. No llegó. Los plazos se incumplieron uno tras otro. Las alarmas se encendieron en las oficinas de CBS, donde el ejecutivo Clive Davis comenzaba a hacer preguntas que nadie podía responder.

Como medida de emergencia, se lanzó un recopilatorio. Un movimiento desesperado para mantener el nombre a flote mientras, tras bambalinas, la estructura de la banda comenzaba a resquebrajarse.

Dentro del grupo, las tensiones crecían como grietas invisibles: los hermanos Stone ya no hablaban el mismo idioma, y la relación con el bajista Larry Graham se volvía cada vez más inestable. Pero la presión no venía solo desde dentro.

Fuentes cercanas aseguran que el entorno de Partido Pantera Negra ejercía influencia sobre Sly Stone, empujándolo a romper con su mánager David Kapralik. Las líneas entre música, política y poder comenzaban a difuminarse peligrosamente.

Y entonces… Los Ángeles.
A finales de 1969, la banda se instala en Los Ángeles.
Lo que debía ser un nuevo comienzo se transforma rápidamente en otra cosa:
una espiral de consumo, noches interminables y decisiones cada vez más erráticas.

La música se detiene. Las drogas avanzan. Cocaína. PCP. Excesos sin pausa. En medio de ese colapso, solo un sencillo logra salir a la superficie: “Thank You (Falettinme Be Mice Elf Agin)”, acompañado por “Everybody Is a Star”.

Dos caras de una misma moneda: una aún aferrada al optimismo… la otra ya contaminada por un tono político más oscuro, más incómodo, más real.

Para 1970, la situación era insostenible. Sly Stone se había vuelto impredecible: cancelaciones constantes, ausencias en casi un tercio de los conciertos, cambios de humor que dejaban a la banda en estado de alerta permanente. Pero lo más inquietante no ocurría sobre el escenario… sino fuera de él.

Nuevas figuras entraban en escena: Amigos de la calle convertidos en gestores. Nombres que sonaban más a archivo policial que a equipo de trabajo: guardaespaldas, intermediarios, sombras.

Se dice que estos hombres no solo manejaban negocios… también conseguían drogas y mantenían alejados a los “enemigos”. Entre ellos, según versiones, estaban incluso miembros de la propia banda.

La ruptura era inevitable. A inicios de 1971, el baterista Gregg Errico abandona el grupo.

El mensaje es claro: algo se está desmoronando… y ya no hay forma de ocultarlo. Mientras tanto, el mundo observa y especula.

En diciembre de 1970, desde las páginas de Rolling Stone, el periodista Jon Landau lanza una advertencia disfrazada de crónica: el silencio creativo es evidente, el último sencillo ya parece lejano… y el álbum de grandes éxitos no es más que un recurso para mantener algo vendible en las tiendas”

Un cierre de ciclo.
El final de una etapa.

Pero detrás de todo esto… se gestaba algo más profundo. La nueva dirección artística de Sly no era casual. Era el reflejo de una época que se desmoronaba: asesinatos políticos, brutalidad policial, el desgaste del movimiento por los derechos civiles y una desilusión social que comenzaba a calar hondo.

Lo que el escritor Miles Marshall Lewis llamó “la muerte de los sesenta” no solo ocurría en las calles… también estaba tomando forma dentro del estudio. Porque mientras el mundo perdía la fe… Sly Stone comenzaba a perder el control… Y de ese derrumbe… nacería algo que ya no buscaba celebrar nada. Solo decir la verdad.

EL ESTUDIO TOMADO: CRÓNICAS DESDE EL ENCIERRO

Mientras el público esperaba un nuevo capítulo de Sly and the Family Stone, la realidad era otra muy distinta: el proceso de grabación de There’s a Riot Goin’ On se desarrollaba en condiciones que distaban mucho de cualquier dinámica convencional de banda.

Encerrado entre las paredes de Record Plant Studios o en el ático de su residencia en Bel Air, Sly Stone operaba prácticamente en solitario. Las sesiones ya no eran encuentros colectivos, sino actos aislados, casi clandestinos. Se reporta que el músico pasaba largas horas en la cama, registrando voces mediante un sistema de micrófono inalámbrico, en lo que algunos describen como un proceso tan íntimo como errático. La banda, relegada a un segundo plano, participaba de forma fragmentaria, mientras Stone reconstruía las canciones capa por capa, sobre-grabando instrumentos y manipulando cada elemento hasta el límite.

En el centro de este nuevo método emergía una herramienta inesperada: la caja de ritmos Maestro Rhythm King MRK-2. Sin embargo, lejos de utilizarla de forma convencional, Stone desconfiaba de su carácter mecánico. Su solución fue intervenirla, sobre-grabar manualmente los patrones y forzar un pulso más humano… o quizás más inestable. El resultado: una mezcla densa, cargada, donde cada sonido parece luchar por mantenerse a flote.

Las grabaciones dejaron de ser orgánicas.
La banda dejó de sonar como banda.

En lugar de sesiones conjuntas, se impuso un modelo fragmentado: músicos entrando y saliendo, contribuyendo con solos aislados. Nombres como Billy Preston, Ike Turner y Bobby Womack aparecen en los registros, convocados para suplir la ausencia de una unidad que ya no existía. Incluso varias voces femeninas fueron prácticamente borradas de la mezcla final, como si el sonido mismo estuviera siendo filtrado por una lógica interna difícil de descifrar.

El resultado fue un paisaje sonoro turbio, casi opresivo.
No por accidente… sino por diseño.

Las constantes sobre-grabaciones, combinadas con técnicas de borrado, generaron una textura donde los elementos parecen desdibujarse. Voces hundidas, instrumentos que emergen y desaparecen, palabras que apenas se dejan entender. Como señaló el escritor Miles Marshall Lewis, nunca antes las canciones de Sly habían estado tan abiertas a interpretación… ni tan cargadas de cinismo.

La mezcla misma se convierte en obstáculo.
La comprensión, en un esfuerzo.

Una oscuridad comparable —según algunos análisis posteriores— a la de obras como Exile on Main St. o incluso Kid A, donde el sonido no busca claridad, sino sensación. Finalmente, en otoño de 1971, Stone entrega las mezclas a CBS Records, disipando momentáneamente las preocupaciones del ejecutivo Clive Davis. El primer movimiento fue inmediato: el lanzamiento de “Family Affair”. Un tema sombrío, sostenido por piano eléctrico, interpretado con una voz baja y contenida por Sly y su hermana Rose Stone. Contra toda lógica, la canción alcanzó el número uno, convirtiéndose en el último gran éxito de la banda en las listas de pop.

Un dato no menor: la canción figura entre las primeras grabaciones populares en integrar una caja de ritmos como elemento central, junto a experimentos previos como “Somebody’s Watching You” de Little Sister.

Pero más allá del éxito… el mensaje era claro:
El sonido había cambiado.
Y no había vuelta atrás.

ENTRE SOMBRAS Y CENIZAS: EL NUEVO LENGUAJE DEL FUNK

Los días del fulgor vibrante de Stand! y sus coloridas explosiones sonoras han sido desplazados a otro plano. Este álbum se erige como la otra cara de la moneda: la resaca de aquellas vivencias, el humo gris que queda tras la celebración, el grito contenido de un hombre presionado por sus demonios y atrapado en sus propios excesos. Lidiar con ese peso no es tarea menor, y, sin embargo, el disco parece funcionar como una vía de escape. Es una obra cruda, oscura, densa, atravesada por una carga política que sugiere una inminente confrontación con la realidad; como si desde sus surcos se anunciara que la utopía de los años 60 no fue más que una ilusión. Bienvenidos, entonces, a la resaca.

Y en efecto, There’s a Riot Goin’ On se presenta exactamente como eso: el documento sonoro que certifica la defunción del espíritu sesentero y, por ende, una pieza destinada al culto. No lo es por su rareza ni por un afán deliberado de experimentación, sino por haber fracturado el optimismo que definió a su década. Aquí, el sonido es real en su acepción más descarnada: la crudeza de la época se impone sin filtros, sin ornamentos. No hay rastros de aquella magia funk colorida; en su lugar, encontramos un discurso contenido, casi depresivo, que incluso podría interpretarse como adelantado a su tiempo.

En su arquitectura sonora destacan un bajo denso, mezclas opacas y turbias, y voces que parecen susurradas desde la fatiga. Se ha dicho que aquí nace una vertiente más sombría del funk, una que, con el tiempo, encontraría eco en otras formas musicales. Temas como Family Affair o Running Away rehúyen la inmediatez del éxito radial: se perciben más bien como fragmentos difusos, memorias sonoras capturadas en la penumbra de un club a altas horas de la madrugada.

El álbum se inclina decididamente hacia una constatación incómoda: todo aquello en lo que se creyó empieza a resquebrajarse. Esa tensión define su desarrollo; cada pasaje golpea con un funk pesado y una visión que roza lo apocalíptico. No estamos ante un simple conjunto de canciones, sino frente a un documento psicológico. Aquí, la música deja de ser entretenimiento para convertirse en terapia, confesión, culpa, evasión y reflejo de una realidad fragmentada.

Si aún queda duda sobre su condición de obra de culto, basta con observar sus contornos: no es un disco complaciente ni de fácil acceso, arrastra una historia compleja, ha ejercido una influencia considerable y es defendido con fervor por quienes lo reconocen como una obra mayor. No todos lo comprenderán en una primera escucha, pero acaso ahí reside precisamente su permanencia.

LEGADO Y CONCLUSION

Contra todo pronóstico, There’s a Riot Goin’ On no solo sobrevivió a su propio caos… triunfó. El álbum alcanzó el número uno en las listas de Billboard, impulsado por el éxito de “Family Affair”.

Pero el verdadero impacto no estuvo en las cifras.
Estuvo en lo que dejó expuesto.

Con el tiempo, el disco pasó de ser incomprendido a ser considerado una obra fundamental. Críticos como Robert Christgau lo señalaron como un álbum profético, donde la oscuridad no solo define su sonido… anticipa el rumbo de la música que vendría.

Porque aquí el funk cambia de piel.
Se vuelve denso. Turbio. Incómodo.
Un reflejo directo de una época en crisis.

Desde ahí, su influencia se expandió: abrió el camino para el universo de George Clinton y Funkadelic, y dejó huella en el desarrollo del jazz-funk con Miles Davis y Herbie Hancock, además de convertirse en una pieza clave en el ADN del hip hop.

Las listas lo confirmaron. Publicaciones como Rolling Stone lo ubicaron entre los mejores álbumes de todos los tiempos.

Pero eso es solo una parte de la historia.
There’s a Riot Goin’ On no es solo un clásico.
Es un punto de quiebre.

El momento en que la música dejó de prometer…
y empezó a decir la verdad.

Mini-datos:

  • El “track fantasma”: El tema que da título al álbum, “There’s a Riot Goin’ On”, tiene una duración oficial de 0:00. No contiene sonido alguno. Según Sly Stone, fue una decisión deliberada: una forma de no glorificar la violencia mientras reflejaba la tensión de la época.

  • Un álbum prácticamente en solitario: Gran parte del disco fue interpretado por el propio Sly Stone, quien grabó múltiples instrumentos mediante sobre-grabaciones, reduciendo la participación del resto de Sly and the Family Stone a intervenciones puntuales.

  • Voces grabadas… desde la cama: Durante las sesiones, Stone utilizó un micrófono inalámbrico para registrar sus voces mientras permanecía acostado. Este método poco convencional contribuyó al carácter íntimo, apagado y casi espectral del álbum.

  • Una de las primeras canciones con caja de ritmos en el mainstream: “Family Affair” es considerada una de las primeras canciones exitosas en incorporar una caja de ritmos —la Maestro Rhythm King MRK-2— como base rítmica principal, marcando un precedente en la producción musical moderna.
01.Luv N' Haight              
02.Just Like A Baby        
03.Poet              
04.Family Affair               
05.Africa Talks To You "The Asphalt Jungle"       
05.There's A Riot Goin' On         
06.Brave & Strong          
07.(You Caught Me) Smilin'       
08.Time              
09.Spaced Cowboy        
10.Runnin' Away            
11.Thank You For Talking To Me Africa

CODIGO: @



Anexo:

Funkadelic - Same 

Si There's a Riot Goin' On representa el momento en que el funk se vuelve introspectivo, fragmentado y emocionalmente denso, Funkadelic es la puerta abierta hacia su mutación más salvaje y psicodélica. Con Funkadelic, el groove deja de ser estructura para convertirse en viaje: guitarras saturadas, voces que parecen emerger desde otra dimensión y una libertad creativa que rompe cualquier molde preestablecido. Sly desarma el funk desde adentro, lo vuelve vulnerable, casi fantasmagórico. Funkadelic, en cambio, lo expande hacia afuera, lo distorsiona y lo convierte en una experiencia cósmica y visceral. Uno es implosión. El otro es explosión psicodélica. Escucharlos en conjunto es entender cómo el funk de principios de los 70 dejó de ser solo ritmo… y empezó a convertirse en territorio desconocido.


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